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DISCURSO
PARA EL EGRESO DE MÉDICOS RESIDENTES. HOSPITAL NAVAL PEDRO MALLO,
JUNIO 2000.
Dr. Rolando C. Hereñú.
El
sistema de enseñanza-aprendizaje de posgrado para profesionales
universitarios del área de la salud, conocido globalmente como
"Residencias Médicas", tiene una ya larga tradición en nuestro
Hospital.
Hace
poco más de 20 años, un grupo encabezado primero por el Contralmirante
Médico Dr. Talarico y luego por los Contralmirantes Médicos Morra,
Fernández Fortuny y el CN médico Cariola, aquí presente, grupo que
integrábamos también el Profesor Fustinoni y quien les habla, fuimos dando
forma al proyecto de construir el sistema de Residencias en el nuevo
Hospital Central de la Armada, que estaba en curso de ser equipado para
iniciar su funcionamiento.
Este
importante Establecimiento Asistencial, que al momento de su inauguración
iba a ser --y en verdad lo fue-- el más moderno del país, era la
cristalización de un sueño para quienes integrábamos el cuerpo asistencial
--tanto militar como civil-- Y además quería constituirse en un Instituto
formador de médicos recién graduados, orientados hacia diferentes especialidades.
En un principio incorporamos colegas sólo militares. La experiencia fue
interesante, pero nos convenció de que las exigencias del servicio naval
inevitablemente interferían con los planes de entrenamiento en el Hospital.
Surgía la necesidad de enviarlos a cubrir requerimientos en un buque, o en
comisiones más o menos prolongadas, como las de reclutamiento de personal,
etc. Por eso fuimos transformando las estructuras y una resolución de la
Jefatura de Estado Mayor de la Armada de 1987 dio las bases de lo que es
hoy el sistema general, que luego ha tenido modificaciones de detalle
aunque no sustanciales.
Se
lo llamaba ya Sistema de Residencias Médicas Civiles Para el Personal de
Ambos Sexos de los Hospitales Navales.
Se
lo conceptuaba así:
Las
Residencias Médicas tienen como objetivo la formación en una especialidad,
del profesional médico de reciente egreso mediante dedicación exclusiva
(más tarde se flexibilizó esta exigencia para los del año final del
programa) y por un lapso determinado en carácter de Becario, adecuándolo a
los requerimientos de la Sanidad Naval y proyectando sus conocimientos, una
vez egresado, al resto de la comunidad.
El
Residente, guiado por profesionales experimentados, irá adentrándose en
responsabilidades y obligaciones médicas progresivamente crecientes y
complejas, familiarizándose con los adelantos tecnológicos y adquiriendo
aquellos conocimientos que lo facultarán en el futuro para la resolución de
los problemas que el ejercicio profesional les plantee.
Quiero
señalar la última frase del primer párrafo: formamos médicos
especializados para proyectar sus conocimientos a toda la comunidad. Es
una contribución para la sociedad de la cual es parte la Armada Argentina,
un nexo útil y altamente fructífero con la comunidad.
Por
las características de planificación, ejecución de los programas y
evaluación permanente de la capacitación en servicio, esta modalidad de
entrenamiento de posgrado es sin duda la más eficaz.
Naturalmente,
el médico residente cumple tareas asistenciales que deben ser muy
supervisadas en sus comienzos, y con progresiva libertad en la medida que
sus progresos lo permitan. Es un beneficio recíproco entre el hospital y el
educando de posgrado. Pero no puede ser equivocado el eje de la relación:
los médicos de planta no tienen que descansar sus propias obligaciones
cargándolas sobre los todavía frágiles hombros de sus jóvenes colegas en
formación. Ese concepto sobre lo que corresponde, es nuestro ideal.
Algunos de los que acaban de completar su ciclo de residentes, ya
tenían vivencias propias recogidas en otros Hospitales durante el pregrado.
Otros, quizás no tantas. De todos modos, aquí han sido parte de esa
complejísima institución que es un establecimiento hospitalario de alta
complejidad. Difícilmente encontremos alguna organización humana que
incluya la presencia y la actividad simultánea de una variedad tal de
actividades y un cúmulo tan grande de profesionales universitarios,
médicos, odontólogos, bioquímicos, farmacéuticos, psicólogos, kinesiólogos,
nutricionistas, ingenieros mecánicos, ingenieros electricistas, ingenieros
electrónicos, analistas de sistemas y otros expertos en computación,
arquitectos, contadores, abogados, trabajadores sociales, señoras del
voluntariado, enfermeras con distintos grados de capacitación, auxiliares,
dietistas, técnicos de todo tipo, incluida la hotelería, administrativos, y
empleados de muy diferentes servicios de apoyo, operarios de mantenimiento,
de automotores, ropería, lavadero,
maestranza, de limpieza --tan fundamental en un ambiente
sanitario--, de vigilancia, etcétera.
Súmese
a todo esto el motivo mismo de la existencia de un Hospital, que --por cierto-- son las numerosas
personas que concurren para ser atendidas en razón de inquietudes referidas
a su salud, o por la aparición concreta de enfermedades, lesiones
traumáticas, problemas derivados de sus respectivas edades, o de
situaciones de embarazo, partos etc., sumada a la concurrencia de
acompañantes. En un Hospital de alto nivel, tanto los cursos de pre y posgrado cuanto las jornadas de actualización,
son una necesidad inherente a su propia jerarquía. Ello convoca gente, a
veces en horarios no habituales. Y habrá también un ir y venir de
proveedores o aspirantes a serlo, agentes de propaganda de medicamentos, de
instrumentos y de equipos variadísimos. Todo ese universo, del que ustedes
han formado parte, se ve en ciertos momentos animado por un movimiento de
personas casi caótico, que además exige tareas permanentes incluso en días
llamados "no laborables", las que se complican especialmente en
horarios pico, en los que está a pleno la invasión de las instalaciones por
parte de varios centenares de individuos.
Algunos
de ustedes seguirán formando parte de este Hospital. Nos alegramos. Otros
ya se han alejado de él y quizás se ubiquen en establecimientos parecidos.
Y otros deberán afrontar las dificultades de una vida profesional extra
hospitalaria. El ejercicio de la medicina ha cambiado mucho en las últimas
décadas.
El
binomio médico-paciente tradicional ha sido roto. Se ha interpuesto un
poderoso intermediario, llámese Obra Social, Mutual, Empresa de Medicina
Prepaga, Sistema de Capitación, etc.
Hay
intereses opuestos. La gerenciación ahorrativa, exige por un lado. La
inducción de consumo de medicamentos y el uso de aparatos (no siempre
imprescindibles) se hace presente por otro, mediante la presión de una
fuerte publicidad industrial y comercial.
Los
juicios por la llamada mala praxis siembran alarmantes perspectivas,
tema que constituye un gran capítulo en el que no nos extenderemos hoy.
Cómo
defenderse: Buena medicina. Prolijos registros (historias clínicas).
Respeto por las decisiones de cada paciente que esté en condiciones de
tomarlas dándole información adecuada. Conducta en cada momento correcta. Dedicación
y pericia, en beneficio del prójimo que busca la asistencia profesional.
Todo ello se condensa en una vieja palabra, hoy un tanto depreciada: ÉTICA.
En nuestro caso, la ética de la Medicina.
A
los que han iniciado ya otros derroteros, ojalá mantengan el sentido de
pertenencia con respecto al Hospital donde se formaron, cada uno en su
especialidad. Que el Naval sea siempre en el futuro el Hospital referente
para ustedes, será la mejor prueba de que la labor de la enseñanza en esta
casa ha sido fructífera.
Me
permito finalmente recomendar que tomen en cuenta las apreciaciones que
volcó un colega nuestro en una publicación de 1997:
«La
profesión se ha transformado en insalubre. El médico se ve obligado a
multiplicar sus horas de labor. Tanto más en virtud del stress por
la situación económica del país y los permanentes ajustes
presupuestarios...Pocos piensan, cuando en una mesa de directorio se
planean los presupuestos, que el médico además de su labor habitual
desarrolla otra cosa que no se pondera y es que debe dedicar muchas horas a
leer y estudiar las novedades, además de comprar libros y revistas que lo
puedan mantener más o menos al día...».
«El
médico en muchos casos corre diariamente una maratón que no tiene punto de
partida ni meta de llegada, impidiéndole consagrarse al estudio (a
actualizarse)».
Del
mismo autor apareció otra nota en Junio de 1999, a propósito de un
editorial del New England J. of Medicine sobre el DESCONTENTO MÉDICO en los
EEUU, acerca de la calidad de vida a que en estas épocas puede aspirar en
aquel país un profesional de la medicina. Transcribe varias inquietantes
preguntas, de las que tomaré sólo la última: ¿Pueden, médicos insatisfechos con su profesión, prestar
buena atención a sus pacientes? Interrogantes como éste, según el que
escribe en el New England, «surgen de la frustración a que se ven
sometidos muchos colegas que actúan en ciertos sistemas gerenciados de
salud, que de una manera u otra imponen condiciones que culminan con la
restricción de su tiempo útil (por obligaciones burocráticas) y lo tientan
con incentivos financieros que no sólo ponen en riesgo principios
profesionales sagrados, sino que además acotan el control de las decisiones
clínicas...creando asfixiantes dilemas éticos (se premia al que hace gastar
menos dinero con cada paciente)». El agudo comentarista local al que
nos estamos refiriendo, agrega que ESTO PARECERIA ESCRITO EN BUENOS
AIRES.
El
autor de ambas publicaciones citadas --una de 1997 y la otra de 1999-- no
era un joven médico rebelde, petardista, contestatario. Ustedes tuvieron el
privilegio de conocerlo. Se llamaba Osvaldo Fustinoni, el gran maestro que
nos dejó hace muy poco tiempo. Se fue rodeado del cariño de toda la familia
naval, que tanto recibió de él.
Por
mi circunstancial intermedio, señores ex residentes que egresan, es la
Armada Argentina la que les desea la mejor de las suertes en el futuro.
Gracias.
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